Continuación. LA EDUCACIÓN EN EL CANTO DE LA MONEDA.

SEGUNDA PARTE - La tecnología en auxilio a la educación.



En la época del Shogunato se le preguntó a un famoso samurái caracterizado por su sabiduría y paciencia, por qué siendo como era, cargaba siempre un arma de muerte en su cintura. Él contestó que una espada en las manos de un bruto, era una fuente de destrucción, sangre y dolor, pero en manos de quien conocía su potencial, la respetaba, sabía cuándo y cómo usarla, se convertía en un símbolo de seguridad y tranquilidad para todos a su alrededor. Lo mismo ocurre con las tecnologías en la educación; una pantalla, una conexión de datos, una red social, una impresora 3D o un teléfono celular deben saberse usar no sólo en lo técnico, sino en lo crítico, desde lo reflexivo, con valores, a partir de experiencias sociales de peso y con miras a resultados significativos para el usuario, ello se logra principalmente con apoyo constante de un educador preocupado por el bienestar de sus alumnos.


La educación a distancia es ahora forzosa necesidad en imprevista situación. Ciertamente no se desarrolló previamente en ningún país un plan que contemple educar íntegramente a base de TICs. Si bien todos los países, en especial los denominados potencias o de primer mundo, tienen un sistema que contempla las tecnologías como parte fundamental para la ejecución del acto educativo, ninguno de ellos es capaz de formar totalmente por medio de la red; la razón es a primera vista sencilla, pero en un análisis crítico vemos que se encuentra en la esencia misma del ser humano.


Antes de poner un ejemplo concreto, debo dejar de lado las grandes limitantes que supone la educación a distancia hoy en el ámbito de infraestructura, acceso, equidad y pertinencia en la economía desigual del mundo actual, ese será tema para otra disertación. El ejemplo se enfocará en las formas, independientemente de las posibilidades de los estudiantes.

Veamos entonces, en Estados Unidos, México, la gran mayoría de américa latina, Europa, África y la enorme lista de los países poco desarrollados o preparados para educar a la distancia, las clases en línea consisten por necesidad y emergencia en lo siguiente: el docente envía por correo electrónico o redes sociales el programa, una consigna, un cuadernillo en texto o PDF, una lista de indicaciones a cumplir, un plazo y una promesa de asesoría constante; después de eso, soledad para el estudiante y frustración para sus padres.


En otros casos enciende una cámara web, diserta desde un aula vacía o la sala de su casa y espera que un grupo de alumnos, que vive en la sociedad que hoy los bombardea con una marejada de información por segundo en múltiples plataformas y modalidades, se concentren plenamente en él, que deje de lado sus preocupaciones por la pandemia, por la inestabilidad familiar y social o simplemente su propia adolescencia, y aprenda el tema o cumpla la consigna con buenos resultados. Eso bajo ninguna perspectiva es educar, podrá ser enseñar o mostrar, pero no forma, no nutre, no ve seres humanos del otro lado de la línea.


Similar a mi ejemplo (plataformas más, recursos menos), es toda la educación que se está brindando en la aplastante mayoría de las “aulas virtuales”. Muchos refutarán diciendo que en muchas clases presenciales estoy describiendo exactamente lo mismo que se hacía pre pandemia, y debo decir que tienen toda la razón. Dar clases frías e instrucciones vagas y sin entusiasmo representa una dolorosa realidad educativa en todo el mundo, sin embargo, cada vez son menos los docentes que se inclinan por esa vía, la educación evolucionó, México ha evolucionado, la consigna vacía e impersonal es cosa del pasado.

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